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Tarde
calurosa: 38 grados y sin embargo muchos fuimos los que salimos desde la
plaza hasta la estación, caminando con banderas argentinas y con
guitarras entonando “Campanas de Palo” del poeta no vidente “Chicho”
Cejas. Muchos eran los que nos esperaban en la estación cuando llegamos,
respondiendo de esta forma a la convocatoria lanzada por la Comisión
Pro-Ferrocarril, compuesta por un grupo de vecinos Victoriquenses. Allí,
en los andenes, éramos unos mil. Una pueblada .
Con
eso logramos que el tren siguiera viniendo, pero fue un tiempito nomás.
Volvieron
a arremeter con el proceso privatista y en junio del mismo año, a pesar
de que hicimos una segunda manifestación definitivamente levantaron el
ramal .
Las
campanas fueron de palo. El argumento era que daba pérdida, sin embargo
con el ferrocarril, nuestros pueblos, los nacidos al lado de las vías,
cosecharon para su historial, casi un siglo de riqueza cultural y
económica. Cierto es que el siglo se lleva todo, pero también que los
países desarrollados mejoran cada vez mas estos servicios y entonces ¿Por que aquí los sacaron?. ¿Habrá que pensar seguramente que cuando
nuestro país tome la senda del desarrollo tendremos nuevamente el
ferrocarril ?. Si es así, otra será
la historia por que habrá que volver a empezar como dice la canción ya
que todo lo que era, esta destruido y abandonado. También, primero habrá
que esperar que se cumplan los treinta años de concesión mas las
posibles prorrogas. Habrá que desmontar nuevamente como se hizo en el
siglo pasado, ya que hoy las vías están cubiertas de yuyos, arbustos y
renuevos. Las estaciones también, producto de una total desatención. Lo
que con orgullo mostraban los pueblos y Ferrocarriles Argentinos, ya no
existe más.
La
llegada de la primer locomotora a esta zona fue en 1908. El
acontecimiento tuvo como marco un festejo memorable.
Periódicos de aquella época, como el diario La Capital, cuentan
que el recibimiento fue popular, con la participación de instituciones,
salvas y disparos de bombas; luego un “suculento almuerzo campestre”,
para cerrar con un baile que duró “animadísimo hasta el oscurecer”.
La
influencia de don Alfonso Capdeville “fundador del pueblo de Telén”
con el gobierno nacional del entonces presidente Roca logró en aquel
proyecto de trazado de líneas ferroviarias se cumpliera en parte, ya que
por entonces “1908” el tren llegaba hasta Telén, aunque existía un
proyecto de traza que lo extendía hasta campos vecinos e, incluso
provincias limítrofes. Si desde la punta del riel en Telén quedaron
construidos unos mil metros de ramal hacia el sur de la localidad, hacia
lo que se denominaba La Tranquera Blanca. A partir de allí se abría un
brazo corto, presumiblemente hacia la Guadalosa, y otro hacia Poitahue,
por lo que nos habla del espíritu progresistas de aquellos hombres.
Abrieron el siglo con ese impulso dentro del mismo corazón de La Pampa.
La otra cara de los que cerraron el siglo
Hoy, a diez años del levantamiento del ramal, cada vez que miramos una
estación ferroviaria, se nos viene toda la historia encima-
Mi
abuelo Eusebio, llego desde Mendoza a Telén a comienzos de siglo. Tenía
17 años y quería trabajar. Don Alfonso Capdeville lo contrató para
desmontar con las distintas cuadrillas porque “va a pasar el
ferrocarril”.Don Eusebio terminó siendo hombre de confianza de don
Alfonso y al concluir los trabajos de desmonte y ya con el ferrocarril
circulando, lo envía a la estancia Poitahue por sus conocimientos de
tareas de campo, trabajo que desempeñó hasta sus últimos días
El
ferrocarril efectuaba el transporte tanto el de pasajeros como el de carga
y dinamizaba la economía regional; desde Telén hasta General Pico los
pueblos crecían a orillas de las vías a través de la explotación
forestal y ganadera y de los frutos del país, lo que daba al comercio un
auge considerable.
Tres
veces por semana era la cita obligada de los pueblerinos en las estaciones
ferroviarias, martes, jueves y sábado. En la estación quedo registrado
casi un siglo de historia, de progreso, de fracasos, alegrías, de
tristeza y de dolor.
Bastaba
observar los rostros de quienes asistían a la estación para entenderlos
e interpretarlos. Alguien que no llegó, alguien que se va, la buena y la
mala noticia ...., allí estaba la resultante de un cúmulo de expresiones
y manifestaciones de un pueblo que nació a la vera del ferrocarril.
Mi
padre trabajó toda su vida en la explotación forestal, haciendo leña,
postes y varillas de caldén, y apilándolas en la playa de la estación,
desde donde eran cargadas después para satisfacer la demanda maderera de
aquellos años.
A la vera de las vías
Nosotros
nos criamos en las “pilas” de la estación, al lado de las vías. Allí
apilábamos cuidadosamente la leña hasta tanto llegara el vagón, que había
que solicitar con tiempo al jefe de la estación porque había muchos
pedidos para carga. Nos criamos en los andenes, en la bascula, lugar donde
pesábamos los camiones con leña y jugábamos por monedas a ver quien
acertaba el peso o se aproximaba más; después jugábamos a la pelota en
las inmediaciones.
De
chicos esperábamos el tren con ansiedad, ya sea el de carga o el de
pasajeros. Si era el de carga
nos movía la fantasía de encontrar en los vagones algún croto que
viajara de intruso o simplemente mirar, por que nos había dicho que las víboras
grandes que habían aparecido en la zona eran consecuencias de unas
palmeras traídas del norte del país, en cuyo interior venían huevos de
los ofidios que aquí se incubaron.
La
ansiedad por la llegada del tren de pasajeros tenía también otras
motivaciones. Nosotros esperábamos a Don Entisne, el distribuidor de
diarios y revistas de toda la zona, desde General Pico hasta Telén. Para
nosotros era todo un acontecimiento, Don Entisne ocupaba dos largos bancos
de pasajeros donde distribuía cuidadosamente el material de lectura.
Cuando llegaba el tren nosotros nos subíamos rápidamente, ya que eran
pocos minutos que paraba. Lo hacíamos para comprar la Goles o el Gráfico
o alguna revista de aventuras. Cuando no teníamos dinero, la “comprábamos”
por el otro lado de la ventanilla, la opuesta al andén. Fue una persona
muy querida el distribuidor.
Un
comercio ferroviario
En la estación “todo por encargo” vendíamos bolsas de chauchas de
algarrobo y piquillín en botella, generalmente para llevar a Buenos Aires
“para que lo prueben”.
Los
largos años de pilas de leña depositadas en la estación hicieron que
las astillas de la madera entraran en un proceso de descomposición,
produciendo de esta manera una gruesa capa de humus que se almacenó
durante mucho tiempo .
Nosotros
también explotábamos ese “rubro”.Las vecinas, la gente que gustaba
de cultivar flores y tener quinta, periódicamente nos encargaba bolsitas
de “tierra de la estación” para fertilizar. Teníamos clientela.
Tanto
el jefe de la estación como el cambista, eran personas importantes en el
pueblo. En las reuniones que se hacían en la localidad ellos siempre
estaban presentes. Nosotros éramos amigos de sus hijos, más si tenían
hermanas, allí había más interés por la amistad. En realidad, como
siempre sucede, los chicos éramos todos amigos, la pelota y el lugar nos
convocaban. Teníamos amistad con los hacheros y con sus hijos. Íbamos al
monte a llevarles el pedido y el agua, los comestibles que necesitaban en
el monte, ya que la residencia allí era casi permanente en un toldo,
donde Vivian con su familia. Volcar sobre el borde del piso de un camión
un tambor de doscientos litros de agua y luego inclinarlo para que caiga a
la tina que tenia el hachero en el piso, era un trabajo que nos gustaba.
Gente
del monte
Gente buena los hacheros, nos contaban sus cosas, nos convidaban torta al
rescoldo, peludo y piche y nosotros les contábamos las novedades del
pueblo y quien había venido en el tren.
Al
monte íbamos en un Ford canadiense, eran los que mejor se movían en ese
terreno. A la vuelta tornábamos con la carga que generalmente era leña.
Nosotros íbamos como “lechuzón”, a veces uno, a veces dos.
“Lechuzón”
se le decía al que hacía de acompañante al camionero. Le abría la
tranquera, le daba manija al camión -los Ford canadienses no arrancaban
nunca- y ayudaban en todas las tareas de carga y descarga.
Una
vez uno de ellos -un lechuzón muy jovencito- se resbaló del estribo del
camión y la rueda del canadiense lo pasó por arriba. Fue en El Puesto de
La Morocha y lo lloramos todos.
Por
eso salimos a defender el ferrocarril, aquella calurosa tarde de enero de
1990.Ya han pasado diez años. Tenemos mucha historia juntos con el
ferrocarril. Nos conocemos mucho, somos hasta compinches, Nunca dirá con
quien “chinitiábamos junto a las pilas, en las tardecitas. Por eso hoy
yo no quiero olvidarlo.
Por
eso el Chicho Cejas le escribió "Campanas de palo", porque los
reclamos no los escucha nadie. La escribió en los años 80 cuando por
primera vez lo pretendieron levantar y lo hicieron corren una vez por
semana.
Será
por eso que el cantautor Alfredo Gesualdi, compuso “Por andenes de Esperanza”,
luego de la histórica pueblada del año 90.
Será
por eso.
Yo
le escribo porque lo quiero mucho. Porque mi abuelo desmontó para que
pudiera pasar. Porque nos criamos juntos y ahora no esta más, pero
quedamos nosotros, los que no perdemos la memoria.
Por
eso le escribo
José Antonio Pescara
[i] Artículo
publicado en el suplemento CALDENIA
del diario pampeano “La Arena”
Santa Rosa L.P. 27 de Febrero de 2000
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